Son las 15:00 de la tarde y una monótona hilación de palabras que van una tras otras surgen de la persona que dirige el establecimiento. Los empleados, las personas que están bajo su cargo u orden escuchan. Escuchan como lo vienen haciendo desde hace cierto tiempo y murmuran por lo bajo, como también lo vienen haciendo desde hace tiempo y quizás desde siempre (aunque en esto último exagero, porque hubo otros tiempos en el que el hablar era más o menos permitido, eso sí nunca fue un ejercicio legítimo).
Afuera, en la calle, la gente se organiza para marchar en contra de la resolución del TC. Los amantes se recostarán una vez más sobre el sonriente pasto del Forestal y los estudiantes se fumarán el cigarro que prometieron dejar para siempre y que ahora, con culpa redimida, saborean medio escondidos en la plaza de los Domínicos.
En el lugar reina un ambiente de angustia solapada. Algunos ya se han olvidado y dormitan. Frente a eso, la voz llama la atención. El empleado se despierta, se sienta derecho e intenta escuchar orden tras orden tras orden y tras de ella algo, algo de explicación del por qué. Los otros piensan en el almuerzo anterior o en el trabajo postergado (que está esperando días y días ser atendido), al gunos en nada y otros no pierden sílaba pronunciada y procesan...procesan.
Y en este procesar es que se entregan las últimas resoluciones con tinte de irrevocables. Se ha determinado que debido a los contínuos achaques de los trabajadores de la empresa y a las innumerables licencias que se han acumulado en los últimos meses, la persona que ose enfermarse, luxarse el pie, enfermarse el hijo, la madre, el esposo, aquella que despertó mal, con angustia, depresión, llanto y malestar general, aquella que ose QUE OSE faltar, presentar la licencia al empleador después de unos días de reposo, de justo recuperarse de todo aquello que nos delata en fragilidad humana, será mal evaluado al pasar por el engorroso proceso burocrático y administrativo, con el consiguiente resultado de percibir menos bono de gratificación, dinero, más sueldo, como se le llame. Y el motivo es que NO ES JUSTO. No es justo para el empleado X que no falta nunca (no conozco a nadie que no falte nunca) Por lo tanto, se procederá a bajar de nivel a aquella persona que sea humana, frágil y mortal.
Después de presentado el decreto real, los empleados quedan en silencio. Nadie se atreve a decir nada. Bastante han visto y el trabajo está difícil, carajo, qué se le va a hacer. Algunos murmuran por lo bajo. Algunos saben - y muy bien todos saben - cuál es el real problema, qué es lo realmente injusto. Pero callan. El temor es más fuerte. La desidia es más fuerte. Que más da, una cosa más que se apila a nuestro deber.
Seguido de ese silencio se informa de la dimisión de uno de los integrantes de la plana burocrática, alguien decidió dejar el engranaje y marchar. Es aquí que la tuerca debe ser rápidamente sustituida en ese cargo - importantemente burocrático - y se nombra al sucesor. Qué extraño, al escuchar el nombre de esa tuerca no es justamente una persona que se conozca con la experiencia e idoneidad al 100%. Se dan burdas explicaciones, pero la más fácil y verdadera sería decir que simplemente me cae bien y me hace caso en todo. Eso, ahorra muchas explicaciones.
Sigue el silencio de los que componen la reunión. Finalmente ésta ha terminado. Algunos se levantan y van a saludar al que está en el cargo ahora. El juego sigue y nada ha terminado.
Afuera, Martín besa por primera vez en su vida a Mariela.










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